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Cuando el problema no es realmente el problema

Iceberg

En consulta muchas personas llegan con una sensación bastante clara: “tengo un problema”.

A veces ese problema tiene nombre: ansiedad, dificultades en la pareja, bloqueo para tomar decisiones, sensación de insatisfacción o conflictos recurrentes con alguien cercano. Otras veces el malestar es más difuso: algo no termina de encajar, pero resulta difícil explicar exactamente qué ocurre.

Con el tiempo he aprendido que, en muchos casos, el problema que las personas traen a consulta no es exactamente el problema real. No porque estén equivocadas, sino porque muchas de las dificultades humanas se expresan en la superficie de una manera distinta a la que tienen en el fondo.

Es algo parecido a cuando vemos la punta de un iceberg: Lo que aparece primero, la ansiedad, la discusión constante, la indecisión, suele ser solo la parte visible de algo más profundo.

A veces el conflicto de pareja no es realmente un conflicto de pareja, es el miedo a expresar lo que uno necesita. En otras ocasiones la dificultad para tomar decisiones no tiene tanto que ver con la decisión en sí, sino con el temor a decepcionar a alguien importante. También ocurre con la autoexigencia: Muchas personas creen que su problema es que “no saben relajarse” o que “siempre se presionan demasiado”. Pero cuando empezamos a mirar con más calma, aparece algo distinto: la sensación de que equivocarse no es una opción, o la idea, a veces muy antigua, de que solo siendo impecables merecemos reconocimiento o afecto.

Comprender lo que realmente está pasando suele requerir tiempo y cierta pausa. En un mundo que nos empuja constantemente a resolver, decidir y avanzar rápido, detenerse a comprender puede parecer incluso un lujo. Sin embargo, muchas veces es justo ahí donde empieza el cambio real. Porque cuando entendemos mejor nuestras propias dinámicas, cómo nos relacionamos, qué tememos, qué evitamos y qué necesitamos, empezamos a tener más margen para elegir.

No siempre podemos cambiar las circunstancias externas de inmediato, pero sí podemos empezar a mirar de otra manera aquello que nos ocurre. Y, a veces, esa mirada diferente es el primer paso para que algo también empiece a moverse por dentro.

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